dissabte, 19 de març de 2011

4-4-2008

El paraíso amurallado de Jean Nouvel en Barcelona

  • Se abre al público este fin de semana el Parque Central de Poblenou
  • Donde antes había un entramado de talleres metalúrgicos y viviendas ahora crecen árboles
  • Los vecinos del barrio lo han bautizado como 'la cárcel' por la muralla que lo circunda
Por LEONARDO FACCIO (SOITU.ES)
Actualizado 04-04-2008 20:03 CET
Los bancos públicos más cómodos de Barcelona los diseñó Antoni Gaudí y están en el Parc Güell; sus respaldos ondulantes te masajean la espalda. Con tal precedente se enfrentó el arquitecto francés Jean Nouvel al diseñar el parque que este sábado se abre al público en el barrio de Poblenou. Pero en vez de bancos, Nouvel puso sillas de metal, tan distanciadas unas de otras que dos enamorados no podrían abrazarse. Nouvel acaba de ganar el premio Pritzker, el mayor reconocimiento que puede recibir un arquitecto, y por eso se esperaba que los vecinos recibieran agradecidos su creación. Pero desde que llegué al barrio no hago más que escuchar comentarios castigadores: «Esto parece una cárcel» o «Me recuerda a un cementerio».
Leonardo Faccio
Vista aérea del parque desde la calle Bac de Roda.
La obra de Nouvel es gigante: ocupa 5,5 hectáreas sembradas de sauces, tipuanas y buganvillas. Hay mesas de pimpón, pistas de petanca y un gran circulo de 32 metros de diámetro que lleva el nombre 'Plaza de la sardana'. Según Nouvel, su obra pretende ser «un universo de relajación». Pero tiene una muralla perimetral de cemento de más de dos metros de altura y pocas puertas de entrada, hechas con planchas de acero calado tan gruesas como para fabricar un tractor. De ahí su aspecto penitenciario, extraño en un momento en que el mundo aspira a derribar murallas en vez de construirlas. Unas ventanas circulares y ovaladas con grandes cristales, son los únicos orificios en el gran muro que permiten ver el interior o espiar la ciudad mientras uno camina entre árboles.
Sin embargo, la arquitectura de Nouvel siempre destacó por su la claridad y transparencia, una muestra es el acristalado Instituto del Mundo Árabe, que construyó en París. El Parque del Poblenou es su segunda obra en Barcelona. La primera es la torre Agbar, que está ubicada en el mismo barrio, y con su aspecto fálico, circular y de punta redondeada, ya es un símbolo barcelonés. Los vecinos la bautizaron como «el consolador» o «el supositorio». El edificio provocó simpatía y ahora se espera que suceda lo mismo con su última creación.
Pero construir el parque demandó el desalojo y reubicación de 200 familias y eso tocó las fibras íntimas del barrio. Pues el Parque Central del Poblenou, que está enmarcado por la avenida Diagonal y las calles Marruecos y Bac de Roda, ocupa cuatro manzanas y es parte de una reforma urbanística que comenzó hace más de cinco años en este rincón de la ciudad. Nouvel debió interpretar las necesidades de la población obrera.
Donde antes había un entramado de talleres metalúrgicos y viviendas ahora crecen árboles. Poblenou siempre fue una zona industrial. Aunque de aquel pasado muchas naves fueron convertidas en lujosos lofts o en estudios de fotografía y diseño. Dentro del parque se conserva un edificio donde funcionó la empresa Oliva Artés, que albergará la nueva sede del Colegio de Arquitectos de Cataluña, y una chimenea, cuya forma Nouvel evoca con altísimas esculturas hechas de caño y alambre tejido.
Leonardo Faccio
A los vecinos no les ha hecho mucha gracia el muro que rodea el parque.
Un piso que antes valía 200.000 euros, tras la reurbanización del barrio ahora vale el doble. Así, la nueva obra de Nouvel, que costó 18,1 millones de euros, revaloriza la zona y ya es parte de un proceso que el antropólogo barcelonés especializado en temas urbanos Manuel Delgado define como «reapropiación capitalista de la ciudad», vulgarmente conocida como especulación inmobiliaria.
Para Nouvel su creación es «un jardín de silencios y sombras, con marcados tintes oníricos y pozos de cielo». Los resultados, ya se verán: a los árboles aún les falta espesor para proyectar sombra y a las buganvillas les llevará tiempo cubrir el muro perimetral, que de momento provoca la crítica del vecindario: «Parece una cárcel», repite la gente.
Pero los arquitectos suelen ser unos adelantados a su época. Antoni Gaudí murió en 1926 y su obra comenzó a ser mundialmente valorada 25 años después. Ahora su arquitectura es símbolo indiscutible de Barcelona y el respeto hacia la naturaleza que demuestra su estilo modernista sincroniza con la tendencia ecologista actual. ¿Si la historia le da la razón a Nouvel como se la dio a Gaudí, qué futuro nos espera?

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